
Hace meses camina por el desierto frío de Otaska. El desierto de arena blanca brilla como una inmensa luna sin forma y en el cielo la verdadera luna como un crepúsculo blanco, como un espejo de leche.
Sigue hablando con ella. Finge que es con el mismo, pero su monologo interior es un doliente e inacabado diálogo con su recuerdo.
Durante décadas fue inmune al omepau, la palabra Teneka equivalente al amor, el omepau es un compromiso inasible pero indestructible que los Tenekas padecen irremediablemente, hasta su muerte.
Su fama es conocida por las mujeres Mindai, la maestría en el arte del omepausek de los Tenekas es insuperable porque en ese estado realmente parecen amar; esto significa un enorme reto para las Mindai, que tienen que enamorarse para obtener a su presa, no obstante puede ser solo un fingimiento. Para un cazador, ser engañado por su presa no solo es riesgoso en términos de su alimentación sino de su orgullo.
Tomorai-ino, pertenece a los Ondenai (un clan selectivo determinado cerebralmente por la amalgama de sentimientos y pensamientos) cuya estructura cultural otorga mayor peso relativo hacia las emociones y esto les facilita el omepausek: una forma de amor que se caracteriza por su temporalidad, incluso puede extenderse por años, pero no es un real amor. El omepau ineludiblemente es para siempre por eso lo evitan, de equivocarse su condena es la muerte en vida.
Desgraciadamente cuando el omepau no se realiza se producen efectos colaterales: el endurecimiento continuo de su piel emplumada, equivalente al envejecimiento, que les impide planear.
Los Tenekas son como ardillas voladoras que saltan de un risco a otro aupados por los poderosos vientos de Androteijuanak.
Desterrado, Tomorai-ino, el Teneka, hace meses camina por el desierto frío de Otaka.
Busca la cura o la muerte.
Las Mindau no son propiamente una especie, sino dos, mujeres y depredadores temibles por su frialdad.
El sitio de donde provienen es muy diferente, como lo son las Mindau de los Teneka. Son su presa y les gusta cazarlos.
Mandanau recuerda a Tomora-ino. Siente culpa, siente ira. Siente amor.

A carcajadas, las hojas caen a carcajadas. El firmamento se inunda de risas, como cosquillas de bambú, como caricias entre cornamentas.
Un mar de hojas cascabeleando entre el cielo y la tierra, un ruido ensordecedor que a Mandanau, la Mindau, irrita.
Corre, su lomo ocre cortando la lluvia de hojas que apenas la rozan.
Se detiene.
Un rugido, como un trueno ahuyenta la lluvia.
Silencio.
Las hojas se abren formando un paraguas sobre la pantera. Su olfato necesita silencio y ella está de caza.
Es un olor nervioso, visceral. Mandanau percibe odio, ira, miedo mezclado con abundante sudor.
Una Mindau de otra manada.
Huele en ella deseo, ahora entiende, el olor del miedo y la ira: es un rival, también persigue a Tomorai-ino y está perdida, como ella hace cinco años. Se detiene y comienza a cavar con sus patas en la tierra fangosa. Luego se cubre con hojas y espera.
Es una pantera de piel blanca. Exótica, sus ojos verdes. La olfatea pero su olor se confunde con la cobertura de fango.
Un poco más. Acércate. Un poco más.
El hocico de la pantera blanca se dirige hacia ella. Es el momento.
Se desprende del fango y muerde una pata, con tal impacto y fuerza que la fractura.
Es suficiente. No quiere matarla.
Otro rugido y vuelve a correr. El cielo se inunda, de nuevo, de carcajadas.
Hacia el bosque lloroso.
Se detiene en el umbral.
Gira sobre si misma. Toma impulso. De un salto atraviesa la frontera de arbustos que bordean el bosque lloroso.
Los árboles no tienen hojas, sus ramas están pobladas de gotas, burbujas, rocío. Cuando crecen se vierten de las copas cayendo como llanto. Dolorosos gemidos, suspiros, ahogos que rumoran sufrimientos, recuerdos encadenados al llanto.
El bosque se alimenta de las penas. La pantera sabe que la tristeza puede atraparla por siempre en el bosque. El sufrimiento llega como una pena inevitable que solo la muerte alivia.
!Corre¡ La ira circula por su torrente sanguíneo, piensa en el Teneka emplumado, recuerda sus colmillos mordiendo su cuello, demostrando el poder, para luego dejarse herir por ella, fuerte y débil, la sedujo con su impasibilidad ante la muerte.
Esperó años, agazapada en el dolor. Ahora regresa por su venganza.
Su mente viaja al pasado, mientras sus grandes patas se hunden en la tierra…
Recuerda con claridad el día en que decidió ir por su presa, lo encontró solo, leyendo el manuscrito Tenkai, una explicación filosófica desde la cultura Ondenai que revela el mundo a través de una complicada geometría teórica.
La explicación se desarrolla a partir de algoritmos de vida, con un sentido matemático y al mismo tiempo profundamente poético, lo que permite por un lado el acceso racional al intelecto y por otro, deja el margen para la creación y la improvisación.
Ella lo había leído, pero en su especie el lado emocional está restringido, se actúa bajo el imperio de la razón práctica, la frialdad de pensamiento necesaria para sobrevivir. Su sentido de la manada es tan agresivo como en los Tenekas su tendencia a la soledad. El manuscrito le impresionaba y mucho más el descubrimiento del Teneka de su corazón.
La miró fijamente, ella sintió que sus pupilas se expandían desmesuradamente, le dijo: - Tu independencia, tu autonomía es el miedo a perder a tu manada, estás perdida en la fuerza de tus padres y no puedes amar-.
Dicen que las Mindau no lloran, sus ojos son demasiado perfectos por su capacidad de visión nocturna lo que les torna seres de sombras. Sus padres: nunca quiso aceptar la profunda y contradictoria crueldad que se encontraba bajo el inmenso amor que le tenían. Ocultaban su enfermedad en la lógica de la manada, la habían obligado a alejarse, a estar sola, pero ahora se daba cuenta que mientras ellos le importaran también estaría enferma. No quería pensar en ellos hace tiempo que no lo hacía.
Esa noche la pantera no lloró, fue al amanecer, cuando supo que su corazón solo latíría por Tomorai-ino.
Mientras el planeaba sobre la playa en el borde mismo del mar, ella corría con inverosímil velocidad. Entre el cielo y la tierra la brisa como una inmensa caricia que los unía.
Una mañana llegó la misiva: Necesitamos hablar contigo, es urgente, ven.
Tomorai-ino le dijo que no se fuera, era una prueba de fuerza, estaban juntos y la manada lo reprobaba, que no lo usara como alimento. No debía ir.
Al anochecer ella se marchó.

Cuando regresó Tomorai-ino no estaba.
Ahora, cinco años después espera su venganza.
Esperaba encontrarlo en el lecho con alguna especie. No obstante lo encuentra solo. Eso la desconcierta.
Se inclina en posición de salto, va a destrozarlo y liberarlos a los dos.
Tomorai-ino advierte su presencia. Gira el rostro y sonríe mientras la ve lanzarse hacia el con las fauces abiertas.
La mente de Mandanau es ágil, mira los ojos plácidos del Teneka, la paz. No. El dolor marinando sus entrañas. Suspendida en el aire gira y se estrella estrepitosamente contra la arista del velador. La lámpara se tambalea. Él sigue leyendo. Se detiene la mira.
Te lastimaste, déjame cuidar de ti –le dice él suavemente-.
Aunque los Teneka son un pueblo pasivo, su incisiva hilera de colmillos pequeños y afilados son extremadamente peligrosos y aún más sus espolones capaces de abrir el vientre de su enemigo de un solo tajo en pleno vuelo.
Ella lo sabe. Reacciona. Se detiene, por un momento, suficiente como para que él clave su espolón en la costilla y sus colmillos en el cuello.
Aprieta las mandíbulas suavemente. Ella sabe que si trata de escapar su cuello se desgarraría en esos colmillos pequeños que se prenden a su piel, en el trayecto seguramente se rompería la yugular. Mientras, la punta del espolón pellizca el hueso de su costilla, el dolor se esparce por su lomo.
Atrapada. Y a punto de morir por alguien que ahora está segura de odiar.
El Teneka la suelta y le da la espalda. Ella le escucha decir: Lo siento –te quiero y temía que no me dieras tiempo de decírtelo- si tienes que hacerlo, así será. Mandanau cae, pero se incorpora para lanzarse con las fauces desencajadas al cuello de Tomorai-ino.
Recuerda su aliento bajo la ira, como una leve brisa, su aliento salado a mar y café la embriagó. Le mordió cerca del omóplato, si apretaba un poco quebraría el omóplato, estaba a punto de hacerlo cuando el Teneka la abrazó.

Esa noche curaron sus heridas. No volvería a recordar la felicidad luego de eso.
Lo odiaba por amarla y luego dejarla.
La historia no se repitió. Fue como si nunca se hubieran separado. Estaban juntos.
Pero ella no olvidaba.
Leían juntos, las crónicas míticas de las Mindau en ellas, los poetas hablaban sobre el viento y la danza de los Tenekas con la brisa.
Caminaban hasta que sus cuerpos se teñían con el crepúsculo. A veces también peleaban contra furtivos agresores de otros clanes.
No se había sabido que un Teneka y una Mindau pudieran formar una pareja. Ya sea por rechazo o por competencia guerrera, tenían que pelear.
Pero ella no olvidaba.
Insegura el miedo a perderlo la ahoga.
Vino por la venganza, vino por su muerte, pero ella estaba muerta antes de llegar. No sabía quién era, qué quería, vivía por los preceptos de su manada y el deseo gregario. ¿Podría vivir solo con él?
Ya no deseaba la muerte del Teneka, solo necesitaba comprenderse a sí misma. No podía olvidar que él la dejó, que no la siguió. No lo perdonaba por olvidarla.

Esa misma noche, se marchó. En una carta le dijo que quizá volvería si lograba encontrarse a ella misma, que no podía amarle con temor, con ira, con tristeza. Que no le espere. Que ella lo buscará e intentará reconquistar su corazón.
Hace meses que sus plumas empezaron a desprenderse.
Primero se espesan, hasta volverse como la cera, luego se endurecen como el mármol finalmente se desprenden. Cada caída anuncia una desestabilización en su sistema nervioso, el dolor recorre su cuerpo entero en un dolor meteórico que lo estremece. A veces, ocurre que más de una pluma se desprende y entonces termina convulsionando a ras del piso.
Se merece el dolor -piensa-, no quiso arriesgarse al omeprau, a pesar de Minadanau decía amarlo, el temía a la Mindai. Su pueblo tradicionalmente consume Tenekas, su sabor es exquisito cuando están ungidos por el omeprau pues producen una proteína única, la aminosteasa, desgraciadamente solo se produce en un estado de reciprocidad amorosa. Así que las Mindau tienen dos extrañas alternativas: amarlos, en cuyo caso, la proteína la extraen a través de las lágrimas de los Tenekas que ellas lamen con el orgasmo, o, devorarlos.
Cuando se interrumpe el proceso por que la pareja los ha dejado de amar, los Tenekas inician la travesía por el mortekai, la muerte en vida, un proceso de envejecimiento paralelo al envejecimiento normal solo que acompañado de la soledad extrema y cuyas consecuencias físicas son, primero la perdida de sus plumas y luego el cambio del color de la piel que los avergüenza obligándolos al destierro.
Se dejó vencer por el omeprau.
Mindanau pudo devorarlo, el quiso que lo hiciera, pero ella huyó. Quizá de sí misma.
El corazón de Tomorai-ino es singularmente frágil, la esperanza del retorno, la incertidumbre y la soledad son suficientes para provocar el fracaso del omeprau. Aunque regresara hacia él, no sabe si el proceso mortekai sea reversible, nunca había ocurrido. Y qué importancia tiene, el sabe lo que quiere.
Hace meses camina por el desierto de Otaska, su extensión es tan ominosa que cuando llegue a las tierras Queyena, las tierras de los sanadores, quizá ya esté muerto.
Y que importancia tiene.
El sabe lo que quiere.
A ella.
Y solo saberlo es un regalo. Nunca supo porqué vivir, pero ahora sabe porqué morir.




